La juntitis no solo llena calendarios: también puede frenar decisiones, desgastar a los equipos y hacer que una conversación termine sin acuerdos claros.
En muchas empresas, las reuniones siguen absorbiendo horas de trabajo. El problema no siempre está en cuánto duran, sino en cuántas terminan sin una decisión, un responsable o un siguiente paso definido. Cuando eso ocurre, una junta deja de ser un espacio para avanzar y se convierte en un trámite que consume tiempo.
“Cuando una junta no tiene un objetivo, la conversación gira sobre los mismos puntos y la organización pierde velocidad para ejecutar. También hay que preguntarse por qué necesitamos a tantas personas para tomar ciertas decisiones y qué está pasando cuando una conversación no logra avanzar”, explica Saskia de Winter, socia fundadora y directora general de Saskia de Winter Training.
La regla 10-10-10
Para evitar que una reunión se vuelva improductiva, Saskia de Winter propone la regla 10-10-10, una estructura sencilla para ordenar las conversaciones de trabajo en tres momentos: contexto, discusión y cierre.
El primer bloque consiste en dedicar 10 minutos al contexto. En esta etapa, el equipo debe alinear qué necesita resolver, con qué información cuenta y qué resultado debería salir de la conversación.
Después vienen 10 minutos para la discusión. Aquí se ponen sobre la mesa opciones, riesgos y perspectivas, evitando que la conversación se disperse en temas que no ayudan a tomar una decisión.
Finalmente, se destinan 10 minutos al cierre. Este momento sirve para traducir lo conversado en acuerdos: qué se hará, quién será responsable y cuál será el siguiente paso para que la reunión se convierta en ejecución.
Cada minuto debe tener una función
La propuesta no busca eliminar todas las reuniones, sino hacerlas más funcionales. Para ello, cada junta necesita un objetivo, las personas correctas y una estructura que evite interrupciones, pendientes sin resolver o conversaciones que vuelven una y otra vez al mismo punto.
“La idea es ordenar la conversación desde el inicio para evitar que la reunión se diluya entre temas repetidos, interrupciones o pendientes que nunca se aterrizan. Se trata de que cada minuto tenga una función y de que las personas que participan sepan para qué están ahí”, señala De Winter.
La juntitis también puede revelar cómo opera una organización: cómo comunica, cómo delega y cómo toma decisiones. Una agenda saturada no siempre habla de productividad; a veces muestra falta de claridad para decidir qué temas realmente merecen una reunión.
Para los equipos, el reto está en transformar cada junta en un espacio útil: menos vueltas sobre lo mismo, más acuerdos concretos y mayor claridad sobre lo que cada persona debe hacer después.
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